
REFLEXIONES
¿Dónde jugarán los niños?
Yael Nayar
La tv distrae en su afán de entretener, los políticos discutiendo sobre pobreza afirmando conocerla, aunque sus zapatos no luzcan barro ni sus rostros sudor, se disputan causas penales y desfilan por los pasillos de Tribunales dando lecciones de moralidad.
Mientras tanto la agonía de un día intenso, similar a los anteriores, logra vencer los párpados cansados de los niños, sumergiéndolos en un sueño de chocolates y juguetes, en un mundo que sólo en la imaginación es posible.
En 2002, la Organización Internacional del Trabajo instituyó el 12 de junio como Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Las leyes de protección de infancia sancionadas en nuestro país en consonancia, luego de ratificada la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño son: la ley 26.390 que prohíbe el trabajo infantil elevando a 16 años la edad mínima de admisión de empleo, en tanto la ley 26.061 aboga por la protección integral de derechos de niño, niñas y adolescentes.
No obstante dicha legislación, hay miles de pequeños que viven con manifiestas privaciones, producto de una inclusión temprana en el mercado, ese con mano invisible pero con garras feroces, que se apropia de ellos, arrebatándoles los sueños, exponiéndolos a los más terribles vejámenes.
En diversas facetas; vendedores de flores, estampitas, ¿Sabrá Dios de lo que ocurre por éstos lares?, empleados en talleres clandestinos, en las plantaciones; inmersos en una economía informal, hipotecándoles la vida, limitando el desarrollo de sus capacidades y excluyéndolos de la escolaridad.
Ésta postal puede visualizarse, entre otros rincones del país, en el litoral, donde gran parte de los tareferos crecen en los yerbales, viven en carpas, toman agua de los arroyos, trabajan 10 y 12 horas de corrido. Los chicos empiezan a cosechar a los 4 años, al principio es por juego hasta que ganan plata y dejan la escuela. El 90% de la yerba mate que se consume en Argentina y el 60% de la que se puede adquirir en el exterior se cultiva en Misiones con trabajo infantil; el 16% de los menores, hijos de tareferos, nunca concurrió a la escuela y se dedica al trabajo rural para ayudar a sus familias.
El Estado es quien posee el deber de garantía de los derechos de la niñez, pero -por el contrario- victimiza a la infancia, siendo sede de la impunidad de los más privilegiados, donde la democracia encubre los peores crímenes, bajo un sol que brilla para algunos y quema para otros.
Sin dudas somos todos responsables de esa realidad, también es nuestra la misión revertirla; no avalando prácticas deleznables que condenen a miles de niños y niñas a una vida vacía. Además, de exigir a las autoridades que asuman un compromiso real, honesto, abandonando intereses propios, en aras de la justicia social.
En definitiva, deberíamos plantar una flor si queremos ver a nuestra tierra en paz.



